___________________________ Cartas PH __________________________


DÉNLES USTEDES DE COMER


 

05/08/2013

 

Una gran multitud ha acudido de todas partes para escuchar a Jesucristo. Son más de cinco mil hombres sin contar mujeres y niños: desean no solamente escuchar sus palabras frescas, liberadoras y esperanzadoras, sino lograr que el Maestro cure a sus enfermos porque tiene poderes maravillosos. Se acerca ya la noche y los apóstoles le hacen ver a Jesús que la gente tiene hambre y no tienen más que dos pescados y cinco panes. ¿Qué hacer?

De Jesús reciben una orden sorprendente: “Denles ustedes de comer”. La cosa suena ridícula, de dar risa, pero ordenan a los oyentes que se sienten y comienza el milagro que todos conocemos.

“Dales de comer” me dijo el Señor el 15 de agosto de 1951 al concederme el Orden Sacerdotal: “dale de comer a la multitud mi propio Cuerpo. Puedes hacerlo, tienes ya el poder de consagrar pan y vino para convertirlos en mi Cuerpo y mi Sangre y saciar su hambre de Dios”.

He celebrado desde entonces miles de veces el Santo Sacrificio de la Misa. He intentado inútilmente hacer un cálculo de cuántas Hostias he depositado en los labios de los fieles. He celebrado la Misa en muchos lugares, en muchas iglesias, en muchos países, en la montaña, en la playa, en el bosque en retiros, campamentos, peregrinaciones, conventos, etc. He dado el Corpus Christi a innumerables enfermos “in artículo mortis” ¡y cuántas Primeras Comuniones!

Pero... no sé que ha pasado, no encuentro en que hemos fallado los sacerdotes, al menos en el Distrito Federal porque la multitud NO TIENE HAMBRE DE DIOS. ¡Tengo el poder, tengo el anhelo, pero la gente no se acerca a la Eucaristía!

Mi triste experiencia cotidiana: estando en una de tantas Misas de quince años; la iglesia está casi llena, el coro anima la Misa, los fotógrafos se mueven (y estorban) por todos lados y sin embargo tengo la sensación de estar en un desierto, de estar entre paganos. Lo huelo. Me entero de que la festejada, no preparó su alma, no recurrió al Sacramento de la Reconciliación, tampoco sus padres ni sus padrinos. No han venido a comulgar, han venido a un espectáculo paganoide estilo pasarela en un templo católico. Y en efecto, a la hora de la Comunión, se acercan a recibir el Cuerpo de Cristo tan solo algunas mujeres de la tercera edad, no más de diez. Y los demás...

Recuerdo con pena cuando en San Juan de los Lagos en el encuentro de Juan Pablo con los jóvenes, a la hora de la Comunión regresé a la sacristía con el copón lleno de Hostias y el corazón vacío porque aquellos jóvenes gritones, no se interesaron lo más mínimo en comulgar; me veían pasar indiferentes con el copón repleto en mis manos pero ellos habían venido a echar porras...

Señor, el mundo ya no tiene hambre de Ti, vive en una mortal anorexia espiritual. ¿Cómo darles hambre de Ti? ¿Cómo podré cumplir tu mandato?

 

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