___________________________ Cartas PH __________________________


LA HOSTIA SANTA


 

14/06/2013

 

Me toca dar la Bendición.

Camino hacia el altar contemplando la enorme Custodia que ostenta la Hostia Santa, el Corpus Christi. Es una Hostia igualmente enorme, como de 25 centímetros de diámetro.

La Bendición con el Santísimo no puede darse con la Custodia, que mide más de metro y medio. Debe pesar por lo menos 100 kilos.

Extraigo el Relicario de la Custodia y queda en mis manos el Cuerpo de Cristo Sacramentado.

Con el paño de hombros ya en la espalda, mientras toca la campana el sacristán, voy trazando lenta, muy lentamente la cruz con los ojos fijos en la Hostia Santa.

¡Ahí está Jesús, mi Señor! ¡Lo tengo en mis manos! ¿Qué estoy haciendo? ¿Cómo me atrevo a tal cosa? ¡Mis manos son pecadoras, mi corazón es también pecador, todo yo soy pecado! Y en esas manos de pecado, está Dios, el Todopoderoso, el Eterno, el Creador de Cielos y Tierra, la Palabra eterna que hizo todas las cosas, Jesucristo verdadero Dios y verdadero Hombre. ¡En mis pobres manos!

Cuando los israelitas tocaron el Arca de la Alianza, cayeron muertos, fulminados. ¡Y el Arca era una caja de madera!

¿Cómo, porque yo sigo vivo? ¿Cómo soy tan audaz o tan inconsciente de atreverme a dar la Bendición con el Santísimo? ¿En qué piensa Dios? ¿Cómo me tolera?

Hace 65 años me arrodillé ante el Obispo, consciente de mi indignidad y me levanté Sacerdote para siempre. Porque la misericordia de Dios es infinita, me ha sostenido en la ilusión permanente de ser Sacerdote, me ha perdonado los miles de pecados que he cometido (¡qué débil he sido, Dios mío!) y a pesar de todo, sigo celebrando la Santa Misa todos los días. Quisiera la gracia totalmente inmerecida de celebrar los Sagrados Misterios hasta el último día de mi vida...

 

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