___________________________ Cartas PH __________________________


LA FIESTA BRAVA


 

20/02/2012

 

Recibí varios emilios acerca de la comparación que hice de la Iglesia con las corridas de toros y dedico ésta carta en especial a mi buen amigo Felipe Saavedra que desea saber más de las corridas, esperando que también se interese en saber más de nuestra Iglesia

En primer lugar, hay que recordar que retar a los toros es una especie de “deporte extremo”, hoy tan en moda. Allá en la Isla de Creta (hay pinturas que lo ilustran) muchachas, no hombres, hacían maromas aprovechando la enorme cornamenta de torazos, algo así como las “pegas” de los Forcados portugueses. Es como decirle a la bestia: “a que no me haces nada”. O sea: los humanos, hombres o mujeres han derramado adrenalina y se han divertido a costa de la bravura de los toros.

Para mí, PH, lo que más me impresiona es la demostración en el ruedo de la inteligencia y superioridad del hombre sobre el animal, aprovechando al milímetro las tendencias naturales del toro bravo. Tiene el hombre siglos estudiando las limitaciones y apetencias del toro perfeccionando la manera de lidiarlo a su antojo. Es asombroso: todos los aspectos de la lidia tienden a domeñar a la bestia en unos cuantos minutos para poder hacer con ella figuras tan valientes como hermosas. Parece ballet con un animal que lo que menos quiere es ni bailar ni hacer arte, sino matar, porque el toro sale a matar. Para eso lo han criado científicamente: para embestir a lo que le pongan por delante. (Tal vez a las vacas las traten con más dulzura...)

El toro, cosa rara, arremete contra el trapo capa o muleta, olvidándose del torero. No se da cuenta el muy bobo de que lo están engañando una y otra vez. Hasta llaman a la muleta “el engaño”. De vez en cuando sin embargo el toro mira al torero como dudando a quien cornear, cuando los muslos del hombre están a centímetros de los pitones. Y ahí el hombre aguanta angustiosamente unos segundos y obliga valientemente al toro a pasar por donde él manda. (A veces le falla y entonces...)

Cada una de las partes de la lidia tiene su razón de ser perfectamente ensayada a lo largo de siglos. El toreo con capote deja ver al torero las tendencias del toro: se da cuenta de si embiste suavemente o rebrincando, si se prende al paño o se va suelto, si pasa mejor por lado derecho o por el izquierdo y con el pesado capote hace figuras preciosas.

Cuando salen los picadores, sucede algo especial: los subalternos o el propio matador ponen al toro a cierta distancia del caballo, lo que se llama “ponerlo en suerte” y el toro, no sé porqué, olvida a los de a pié y se va contra el caballo. El picador lo hiere duramente en el testuz para hacerlo sangrar y si la pica fue efectiva, el toro podrá ser lidiado adecuadamente en la tercera parte de la lidia. Dicen que al sangrar el toro se “descongestiona”, palabra que no entiendo, pero que funciona.

Las banderillas dan oportunidad al matador de ver si la pica mejoró las condiciones del toro y hay que ver el valor del banderillero que corre hacia el toro para colocar elegantemente el par como si fuera un juego, como si fuera tan fácil. Se calcula la distancia, la colocación en el ruedo, la velocidad del animal y la del propio banderillero. ¡Una proeza ciertamente! La cosa no ha de ser tan sencilla cuando los demás están bien atentos, colocados estratégicamente, para auxiliar y salvar la vida del hombre si surge el peligro.

La faena con la muleta, que es más pequeña que el capote y por lo tanto hace más peligrosos lo pases, es la parte principal. El torero debe descubrir en que parte del ruedo el toro embiste con más facilidad; sabe por qué lado citarlo, a qué distancia, con cuantos pases en cada serie. Sabe dejar descansar al animal, dándole aire antes de proseguir. Se luce haciendo gala de exactitud, de arte, de valentía, ejecutando una gran variedad de pases con la muleta. Cuando se da cuenta de que el toro ya no embiste, lo coloca de manera de poder clavarle el estoque en el sitio preciso. Es una barbaridad, una temeridad: tiene que agredir, ahora él, al enemigo, exponiendo su propia vida. ¡Que locura! Es “el momento de la verdad”, la suerte suprema: cuando el torero se lanza al encuentro con el toro, el pecho por delante, procurando evitar los cuernos a centímetros de su corazón. ¡O tú o yo!

En este dramático momento, han dejado la vida figuras como Manolete, Paquirri o el Yiyo, que llegó a las manos de sus banderilleros diciendo “¡Me mató, me mató!” y murió ahí mismo en el ruedo con el corazón destrozado.

Cuando vemos toreros que dominan inteligente y valerosamente a esas bestias de media tonelada y de paso haciendo figuras hermosas, como si hubieran ensayado con el toro, haciendo gala de gallardía, estallamos en aplausos y gritamos ¡Torero, torero! Y cuando el toro ha sido excelente, también gritamos ¡Toro, toro! Es cuando el ganadero revienta de alegría: ese toro que científicamente ha criado cruzando los mejores sementales con las mejores vaquillas, allá en el rancho, con tanto cuidado y yo dijera con tanto amor...

Hay que considerar una cosa, queridos lectores, querido Felipe, recuerden que los toros no sienten como los humanos. Tienen para empezar, un cuero grueso y durísimo al cual las banderillas ni le importan gran cosa. Cuando acude al picador, siendo herido en serio en el testuz, como que no le importa, sigue cornado al caballo meneando el rabo. Es tanta su furia, su adrenalina, que no siente la herida. Es como cuando chocas y no sentiste los golpes por la adrenalina derramada; al día siguiente es cuando te duelen todos los huesos y moretones. El toro enfurecido no siente las heridas y por lo general, no tiene día siguiente excepto cuando lo indultan, que es cuando los veterinarios lo sedan, lo curan y pasa a la dehesa como semental con sesenta vacas a su servicio

Y una cosa más. Díganme: ¿cuantos poemas, cuántas obras de arte ha suscitado el béisbol, el básquet o el fut americano? ¿Quién se ha inspirado para hacer una ópera inspirado en el box? (ese sí es salvajismo y ni quien proteste). La tauromaquia ha inspirado escultura, pintura, música, baile y hasta “El Toreador” que todos hemos escuchado.

Y otra cosa más: ¿Cuántos miles y miles de hombres y mujeres viven de la fiesta de los toros? Ganaderos con sus caporales, toreros con sus cuadrillas, empleados en las plazas (la plaza México tiene 500 empleados), sastres que bordan allá en España los extraños ternos de los matadores, reporteros, médicos, fabricantes de recuerdos y hasta los taqueros que aturden con su “¡birria y chicharrón de puerco y puerca...!”

No cabe duda de que la dramática fiesta de los toros es mucho más que crueldad. Los toros que llevan al rastro para ser despedazados y convertidos en sabrosos filetes que tú has comido, son horriblemente tratados y ejecutados.

¿Por qué esos opositores a la Fiesta Brava no van mejor a gritar a los hospitales abortistas en donde no mueren agresivos toros sino miles y miles de inocentes niños?

PH

 

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