___________________________ Cartas PH __________________________


DOS RETOS MONUMENTALES PARA LA MENTE HUMANA


 

08/12/2011

 

Amigos:

Apareció en Israel un hombre impresionante nacido en Belén y criado en Nazaret, carpintero de profesión y durante tres años recorrió toda la Palestina auto-revelándose no solamente como el Mesías esperado largamente por el Pueblo de Dios, sino como Dios mismo. Su predicación era sorprendente y sus prodigios no lo eran menos: curación de cientos de enfermos y hasta resurrección de algunos difuntos. Pero en la historia de Israel también los profetas realizaron las mismas cosas. Podría ser considerado como un profeta más. ¿Pero cómo iban los judíos a pensar que Yhavé se había hecho hombre?

Si Jesús hubiera realizado milagros realmente imposibles de hacer a un hombre tal vez hubiera facilitado el acto de fe para aceptarlo como Dios. ¿Por qué no hizo eclipses solares repentinos al conjuro de su voz? ¿Por qué no hizo surgir vergeles en el desierto y desparecerlos a su antojo? ¿Por qué no provocó un terremoto con un ademán de su mano? Creer que Jesucristo era Dios fue un reto tremebundo y prácticamente insalvable para sus coetáneos.

Y ahora nosotros: ¿Cómo es posible que creamos que Jesús de Nazaret está realmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en la Hostia Consagrada? ¿A quién se le ocurre? Nuestros sentidos no sirven de nada, todos fallan. ¡Si la Eucaristía emitiera luces deslumbrantes, si se escucharan coros sobrenaturales angelicales durante la Misa! ¡Si del Sagrario surgiera un aroma celestial! Pero nada. Una hostia silenciosa y ya. ¡Dios hecho hombre y luego hecho pan! ¡Por favor!

Hemos de reconocer que la Fe es un don de Dios, un regalo más. Ciertamente han existido muchos milagros Eucarísticos, pero no nos ha tocado experimentar ninguno. El sacerdote, pobre ser humano, tomando el pan en sus manos, presta su voz a Jesús y dice “Esto es mi Cuerpo”, “Esta es mi Sangre” ¡y muestra a los fieles, en sus manos tan humanas, al Dios vivo y verdadero!

Es una locura. Una locura tanto de Dios como de nosotros. ¡Bendita locura!

 

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